Maestros ante todo y ante todos

Lo que el maestro es, es más importante que lo que enseña.
(Karl A. Menninger)

Tiempos difíciles le toca vivir hoy a la escuela. Seguramente, esto ya se ha dicho en otras épocas, pero podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nunca antes este espacio de crecimiento ha sido tan cuestionado sobre sus modelos y principios educativos, desde todos los frentes y por casi todo el mundo. Que si lo que se enseña en la escuela es útil, que si es práctico, que si servirá o no para ingresar a la universidad (o para mantenerse en ella), que si sus contenidos ayudan a formar gente de bien o mas bien favorecen su inacción, que si es un espacio de socialización adecuada o no. Que si las competencias, que si los enfoques, que si las tareas… en fin: que si las escuelas están haciendo las cosas de la mejor manera o si sería mejor dejar a los chicos en casa.

Es difícil para cualquier escuela o proyecto educativo afirmar con total certeza que la educación que brinda es la mejor. Es, en realidad, un acto de fe por el que sus trabajadores arriesgan y que inevitablemente termina por convertirse en su razón de vivir.

Nadando entre estas agitadas olas de cuestionamientos y esperanzas se encuentra la figura de los maestros. A fin de cuentas, ellos y ellas son los elegidos. Son quienes diariamente se pararán frente a un salón de diversos niños o adolescentes a tratar de enseñar algo que, en el mejor de los casos, consideran bueno. Sortean la burocracia del aparato estatal o las tretas del sistema privado, olvidan por un momento sus obligaciones familiares y se aventuran a sintonizar su espíritu con el de los más pequeños. Ardua tarea.

Sabemos de sobra que su esforzado trabajo no siempre es reconocido por todos. Inclusive su profesión ha sido vista a veces con un gesto de extrañeza. Oscar Wilde, fastidioso por excelencia, solía afirmar que nada que valga la pena se puede enseñar. ¡Lindo él! Sin embargo, sus palabras nos regalan, por contraste, una pregunta fundamental: ¿qué cosa vale la pena enseñar?

Seamos sinceros. Quienes peinan canas quizá hayan olvidado ya la mayor parte de lo que aprendieron en sus escuelas -a menos, claro, que se dediquen a enseñar-. Pero si la vida fue generosa con ellos, recordarán todavía, sin lugar a dudas, el buen gesto de un maestro inolvidable. Quizá la “señorita” que lo separó con cariño y firmeza de una pelea, o el profesor que le dio el consejo amoroso que sus padres le negaban, o la “miss” simpática que la animó a dedicar su vida al bienestar de los animales, o la maestra que lo escuchó con paciencia y supo guardar secretos. Fueron maestros que dieron mucho de su conocimiento, pero que además compartieron con nosotros su humanidad.

Sí, la escuela puede y debe brindar muchos saberes útiles y llevar la cultura de sus estudiantes a niveles muy elevados, tanto como se pueda. Sin embargo, hay algo que trasciende a este quehacer académico y que está vinculado a problemas que se aprecian a diario y que no siempre se resuelven en casa: manejo de emociones, maltrato y violencia, cultura ciudadana, negligencia, corrupción. Las escuelas y sus maestros deben trabajar con acciones y proyectos concretos para mejorar aquello que tanto nos afecta como sociedad. Eso sí vale la pena, aunque Wilde piense lo contrario.

Por este gran esfuerzo contra la corriente, cada seis de julio seguiremos celebrando o recordando a nuestros profesores y maestr.as, a aquellos que decidieron dedicarse a esta profesión a pesar de todo. Porque los queremos y valoramos. Nunca lo duden: todos los que trabajamos en las escuelas por vocación, aspiramos a ser, algún día, ese maestro que el alumno necesita.

 

 

Giancarlo Gonzales Gonzales
Docente de Comunicación
Colegio La Casa de Cartón

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